Antropoides refinados

Muchos internautas se mosquean conmigo cuando lo digo, pero es que es verdad: la Red, como fuente documental, todavía es una castaña. Llevo días buscando artículos y textos de Francisco Ayala en Internet. No los hay. Algún discurso, alguna entrevista, poco más.

En fin, aquí va un pequeño homenaje al maestro:

Cuando el hombre empezó a poner nombres a las cosas, las sacó así de ese fondo común insensible de la naturaleza, para de esta manera crearlas, para otorgarles otro modo superior de existencia, elevándolas con ello al nivel de un mundo imaginario, lo cual implicaría prestarles una clase superior de realidad, más efectiva: una realidad viva, esa realidad en cuyo plano, por contraste con aquello que es insensible e inerte, discurre lo propiamente humano. El nombre que se le da a las cosas las asigna automáticamente a su finalidad, es decir, a la función que el sujeto consciente les atribuye. Y al atribuir a las cosas una función, se les presta un sentido del que sin ello carecían. Un mero trozo de madera, un garrote cortado de la rama de un árbol, se ha convertido ahora en instrumento de trabajo o bien en un arma de defensa o ataque, al que, tan pronto como se los nombra, se les hace ingresar en la esfera de las posibles intenciones humanas. No son ya el recurso inmediato a una acción, como pueden serlo en manos de los animales superiores, sino que adquieren en perspectiva una sustantividad que se define por la finalidad misma que intencionalmente le atribuye la mente humana. Bien es verdad que, en el proceso de humanización de la naturaleza animal, hay grados, pero en principio me parece ser legítima la distinción que sugiero entre un instrumento improvisado, y quizás asumido en la vida salvaje por un antropoide, y el arsenal de los recursos mecánicos de que la humanidad ha venido disponiendo, desde lo más elemental hasta los refinadísimos artilugios que hoy están a la disposición del más modesto y dedicado artesano, o del más cruel e implacable jefe de operaciones militares. En suma, ponerle nombre a las cosas es trasformar su condición, darles una consistencia nueva, o sea, en definitiva, inventarlas, crearlas.

Fuente: http://congresosdelalengua.es/rosario/inauguracion/ayala_f.htm

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