He pasado estos últimos días en Galicia, visitando pueblecitos de las Rías Bajas, también Vigo y Santiago. Tanta lluvia y tanto paisaje verde han hecho mella en mí y, de camino, venía pensando en escribir un post donde pedir disculpas. Unas disculpas profundas y sinceras dirigidas a los autores que me envían artículos.

Dos, tres y hasta cuatro meses en dar respuesta, evaluando los textos y argumentando síes y noes (estos últimos siempre con la mayor prudencia posible). A veces, la espera se antoja excesiva. Leo todos, absolutamente todos, y muchos son revisados por terceras personas (bien pertenecientes al Consejo Editorial, bien expertos externos). Consulto cuando dudo, cuando la densidad técnica me supera, cuando lo estimo oportuno. No es un procedimiento que permita ascender en los índices de calidad de evaluación en los repositorios de revistas científicas; me da igual.

Mi mala conciencia no viene por la calidad de la revista, en ese aspecto estoy satisfecho; mi mala conciencia viene, como trato de decir, por la tardanza, por la espera que los autores tienen que padecer. Una demora que se prolonga más meses todavía cuando el texto es seleccionado, y debe ser editado, retocado, y corregido, y otra vez corregido hasta obtener una versión potable.

Esta charla no es pose dominguera, sino confesión honesta de quien fue cocinero antes que fraile. (O como se diga, porque soy un desastre usando el refranero.) Me hice editor porque me harté de deambular por las editoriales y esperar pacientemente a ver publicados mis textos. Ojalá no esté yo forjando, sin querer, futuros editores por distintos puntos del globo.